El hombre que plantaba árboles

 

Un relato de Jean Giono

Traducido al castellano por Eloy Fuente Herrero

Música de Paul Winter y Paul Halley

Suena Tema del roble

Esta es una trascripción del relato desde la grabación narrada por Lara López

 

Para que el carácter de una persona nos revele cualidades verdaderamente excepcionales, necesitaremos la buena suerte de poder observar sus hechos durante muchos años. Si sus hechos carecen de egoísmo, si están orientados por una idea de generosidad sin par, si resulta indudable que no han buscado ninguna recompensa, y si por añadidura, han dejado en el mundo señales patentes, nos encontraremos, sin temor a equivocarnos, ante una personalidad inolvidable.

Hace unos cuarenta años, me encontraba yo en larga excursión a pie por oteros totalmente desconocidos para los turistas, en esa viejísima zona de los Alpes que penetra en la Provenza, es una zona delimitada al sur y sureste por el curso medio del río Duranza, entre Sisteron y Mirabeau, al norte por el curso alto del río Drom, desde su nacimiento hasta Dille, y al oeste por los llanos de Avignon y las estribaciones del monte ventoso, abarca todo el norte del departamento de Bajos Alpes, el sur del Drom, y un pequeño enclave de Bacluse. Empecé mi largo paseo por aquellos páramos secos y monótonos, situados a mil doscientos ó mil trescientos metros de altitud, donde solo crecía el espliego. Estaba atravesando esa comarca por su mayor longitud, y encontrándome después de tres días de marcha, en un paraje de desolación sin igual, acampe junto al esqueleto de un caserío abandonado, me había quedado sin agua el día antes y tenía que encontrarla, aquella casas agrupadas aunque en ruinas, como un antiguo nido de avispas me hicieron pensar que alguna vez habría existido allí una fuente ó un pozo, y si, existía una fuente, pero seca, aquellas cinco o seis casas sin techumbre, corroídas por el viento y la lluvia, y la pequeña capilla con la torre desplomada, estaban ordenadas como las casas y la capillas de los pueblos vivos, pero allí no quedaba rastro de vida. Era un espléndido y soleado día de junio pero en aquellas tierras sin abrigo y cercanas al cielo, el viento soplaba con brutalidad insoportable, sus rugidos entre el armazón de las casas, semejaban los de una fiera que no ha podido comer en paz, tuve que levantar el campamento.

Después de cinco horas de marcha, seguía sin haber encontrado agua ni había nada que me diese esperanza de encontrarla, por todas partes la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. Me pareció advertir a lo lejos una silueta baja, oscura y erguida, la tomé por el tronco de un árbol solitario, y me dirigí hacia ella, se trataba de un pastor, cerca descansaban una treintena de ovejas tendidas sobre aquella tierra ardiente, me dio de beber de su cantimplora y poco después, me llevó a su aprisco, en una ondulación de planicie, sacaba el agua, que era excelente de un hoyo natural muy profundo, encima del cual había instalado un torno rudimentario.

Era un hombre de pocas palabras como todos los solitarios, pero se le veía seguro de sí mismo y confiado en esa seguridad, insólito en aquella comarca desprovista de todo, no vivía en una cabaña, sino en una verdadera casa de piedra, y se notaba que él había reparado personalmente la ruina que encontró al llegar, tenía el techo firme y bien cubierto, el soplo del viento entre las tejas, era como el rumor de las olas en la playa, la casa se encontraba ordenada, la vajilla limpia, el suelo barrido, su fusil engrasado y hervía sopa a la lumbre, noté entonces que además estaba recién afeitado, que tenía todos los botones bien cosidos y que sus ropa se hallaba repasada con el esmero que hace invisibles los zurcidos, me hizo compartir su cena y al ofrecerle después mi petaca me dijo que no fumaba, el perro, tan silencioso como él, era cariñoso sin empacho.

Según pareció natural desde el principio, yo pernoctaría allí, puesto que el pueblo más cercano estaba a más de jornada y media de marcha, y además conocía perfectamente como eran los pocos pueblos de aquella zona, hay cuatro o cinco de ellos, muy dispersos en las faldas de aquellos montes, en los chaparrales situados al final de los caminos carreteros, están habitados por leñadores que hacen carbón de madera, son sitios donde se vive mal, las familias, sometidas a aquel clima de excesiva rudeza en invierno y en verano, exageran el egoísmo entre sus cuatro paredes, donde se cuecen constantemente, fantasías ilusas para escapar del lugar. Los hombres van y vuelven a la ciudad llevando carbón en sus camiones, las cualidades más firmes se tambalean bajo esta perpetua ducha de agua fría, las mujeres mascullan rencores, compiten en todo, en la venta de carbón, por el banco de la iglesia, por virtudes contrarias unas a otras, por vicios también contrarios, por la lucha de intereses; combaten sin cesar, y por si algo faltase, irrita los nervios un viento que tampoco cesa, hay epidemias de suicidios y muchos casos de locura, casi siempre homicidas.

El pastor que no fumaba fue a buscar un saquito y echo sobre la mesa un montón de bellotas, se puso a examinarlas una tras otra con mucha atención, separando las buenas de las malas, yo estaba fumando mi pipa y me ofrecí a ayudarlo pero me dijo que eso era cosa suya, en efecto, viendo el cuidado que ponía en la labor no insistí, esa fue toda nuestra conversación, cuando hubo seleccionado un motón suficiente, las contó de diez en diez mientras seguía eliminando las más pequeñas y las que estaban algo agrietadas, porque las examinaba con mucho detalle, así, una vez que tuvo delante cien bellotas perfectas, paró, y nos fuimos a acostar.

Daba paz la compañía de este hombre, al día siguiente le pedí permiso para descansar todo el día en su casa, él lo encontró muy natural, mas exactamente, me dio la impresión de que nada le podía molestar; ese descanso no me era del todo imprescindible, pero yo estaba intrigado y quería saber más, él sacó su rebaño y lo llevó al pasto, antes de salir, mojó en un cubo de agua el saquito en que había metido las bellotas escogidas y contadas con tanto esmero. Observé que a modo de bastón, llevaba una vara de hierro, gruesa como el pulgar y poco más o menos de metro y medio de larga; yo hice como que me paseaba sin rumbo fijo, descansando, y seguí un camino paralelo al suyo, el pasto de sus animales estaba en una hondonada, dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia el sitio donde permanecía yo, temí que viniese a reprocharme mi indiscreción, pero nada de eso, era su camino y me invitó a acompañarle si no tenía otra cosa que hacer, iba a doscientos metros de allí, al otero. Llegado al sitio a donde quería ir, se puso a hincar su vara de hierro en la tierra, de esa manera, hacía un hoyo al que echaba una bellota y después lo rellenaba, plantaba robles, yo le pregunté si la tierra era suya, me contestó que no, ¿sabía a quien pertenecía?, no lo sabía, creía que era tierra comunal, o quizás propiedad de personas que no se preocupaban de ella, él no se preocupaba de saber quienes eran los dueños, de modo, que plantó sus cien bellotas con sumo cuidado.

Después de comer, empezó de nuevo a seleccionar de nuevo su semillas, creo que insistí bastante en mis preguntas porque contestó, hacía ya tres años que plantaba árboles en aquella soledad, había plantado cien mil, de los cien mil habían brotado veinte mil, de estos veinte mil, contaba también con perder la mitad por causa de los roedores ó de todo lo que es imposible prever en los designios de la providencia, y quedaban diez mil robles que iban a crecer en estos parajes, donde antes no había nada.

Fue entonces cuando sentí curiosidad por la edad de aquel hombre, se notaba que tenía más de cincuenta años, cincuenta y cinco me dijo, se llamaba Elzéard Bouffier, había tenido una finca en los llanos donde hizo su vida, allí, perdió a su hijo único y después a su mujer, y se retiró a la soledad, le gustaba vivir en calma con sus ovejas y su perro, opinó que esa comarca moría por falta de árboles y añadió, que al no tener ocupaciones muy importantes, había resuelto poner remedio a ese estado de cosas, como en aquel momento, a pesar de mi juventud, yo mismo llevaba una vida solitaria, sabía abordar con delicadeza las almas solitarias, sin embargo, cometía una falta, precisamente por ser joven, tenía que imaginar el porvenir en relación conmigo mismo y con cierta búsqueda de la felicidad, y le dije que treinta años después serían magníficos esos diez mil robles, me contestó, con mucha sencillez, que si Dios le prestaba vida, en treinta años habría plantado tantos que esos diez mil serían como una gota de agua en el océano, además, estaba estudiando ya la reproducción de las hayas y cerca de su casa tenía ya un plantel de ellas, brotadas de los hayucos, eran hermosos los ejemplares, que había protegido de sus ovejas con una empalizada, y pensaba también en los abedules, para terrenos que, me dijo, encerraban cierta humedad a algunos metros de la superficie del suelo, al día siguiente nos separamos.

Un año después empezó la guerra del catorce, y permanecí alistado durante cinco, un soldado de infantería no puede pensar en los árboles, y a decir verdad, la cosa tampoco me había dejado huella, lo consideré como una manía, como una colección de sellos y lo olvide. Terminada la guerra me vi dueño de una minúscula prima de desmovilización y con muchas ganas de respirar un poco de aire puro, sin mas idea que esta, volví a tomar el camino de aquellas comarcas desiertas, no había cambiado el paisaje, pero allende el caserío muerto, advertí a lo lejos una especie de niebla gris que cubría los oteros como una alfombra, desde el día anterior, había vuelto a pensar en aquel pastor que plantaba árboles, verdaderamente, me dije, diez mil robles ocupan mucho sitio.

Durante cinco años había visto morir a demasiada gente para no imaginar con facilidad que también habría muerto Elzéard Bouffier, tanto más cuanto que a los veinte años consideramos a los hombres de cincuenta como unos viejos que no pueden tardar en morir, no había muerto, incluso estaba bastante lozano, había cambiado de oficio, ya no tenía más que cuatro ovejas, pero en cambio, poseía un centenar de colmenas, se había desembarazado de las ovejas que ponían en peligro sus plantaciones de árboles, por que, me dijo, y yo lo comprobé, no se había preocupado para nada de la guerra, prosiguió plantando árboles, de modo imperturbable.

Los robles de mil novecientos diez, tenían ya diez años y eran más altos que él y que yo, el espectáculo resultaba impresionante, yo me quedé literalmente sin palabras y como él no hablaba, pasamos todo el día en silencio paseándonos por su bosque, en su mayor longitud tenía unos once kilómetros, y recordando que todo se debía a las manos y al alma de aquel hombre, sin medios técnicos, comprendía que los hombres podrían ser tan eficaces como Dios, en otras cosas que no fuesen destruir. Había sigo fiel a su idea como demostraban las hayas que me llegaban a los hombros y que se perdían de vista, los robles eran robustos y habían pasado la edad en que están a merced de roedores, en cuanto a los designios de la providencia, serían precisos devastadores ciclones para destruir la obra creada, me mostró admirables bosquecillos de abedules, que databan de cinco años, o sea de mil novecientos quince, de cuando yo combatía en Verdún, los había plantado en todos los terrenos donde sospechaba con buen motivo, que existía casi a flor de tierra, eran tiernos, como adolescentes y muy firmes, por lo demás, esa creación parecía operarse en cadena, él no le prestaba atención, proseguía tenazmente su sencilla tarea, pero al regresar, pasando el caserío, vi correr agua por arroyos secos desde épocas inmemoriales, era la obra más formidable de reacción que me haya sido dado presenciar, aquellos arroyos secos tuvieron agua en tiempos muy antiguos, algunas de esas tristes aldeas de las que he hablado al comienzo de mi relato, se construyeron en los emplazamientos de antiguas poblaciones galorromanas, de las que todavía quedan vestigios, y que han excavado los arqueólogos, encontrando anzuelos en lugares donde, en el siglo veinte, habría que recurrir a cisternas para conseguir un poco de agua. El viento dispersaba ciertas semillas, a la vez que reaparecía el agua, resurgían sauces, mimbres, prados, jardines, flores y una razón de vivir, pero esta transformación se producía tan despacio, que entraba en la costumbre sin provocar extrañeza, los cazadores que subían a las cumbres persiguiendo liebres y jabalís si advirtieron aquella proliferación de arbolillos, pero lo atribuyeron a las malicias naturales de la tierra, por eso no se había entrometido nadie en la obra de este hombre, si hubiesen sospechado de él, le habrían molestado, pero el pastor se encontraba por encima de toda sospecha, ni la gente, ni las autoridades, ¿quién habría podido imaginar una generosidad tan grande?, y tan terca. Desde mil novecientos veinte, nunca dejé que pasara más de un año sin visitar a Elzéard Bouffier, jamás le vi dudar, ni desanimarse, y sin embargo, Dios sabe si él mismo no nos empuja a hacerlo, yo no he llevado la contabilidad de sus decepciones, pero imaginareis muy bien que para haber logrado un éxito semejante, tuvo que vencer a la adversidad, que para asegurar la victoria de tal pasión, precisó luchar con la desesperanza; una vez durante un año plantó más de diez mil arces, todos murieron, al año siguiente abandonó los arces para continuar con las haya y salieron mejor aún que los robles, para tener una idea algo precisa de este carácter tan excepcional, no debe olvidarse que se manifestaba en una soledad completa, tanto que al final de su vida había perdido la costumbre de hablar, ó es que a lo mejor no la necesitaba.

En 1933 recibió, perplejo, la visita de un guarda forestal, funcionario que venía a comunicarle la terminante prohibición de encender fuegos al aire libre, y evitar así peligros de incendio a aquel bosque natural, era la primera vez que se veía crecer por si solo todo un bosque, en aquella época, este hombre sencillo iba a plantar hayas a doce kilómetros de su casa y para evitar el trayecto de ida y vuelta, porque para entonces tenía ya 75 años, pensaba construir una pequeña casa de piedra sobre el mismo terreno, realizó este proyecto al año siguiente. En 1935 llegó toda una delegación oficial para examinar aquel bosque natural, venía un gran personaje de la dirección de aguas y bosques, un diputado, técnicos, soltaron muchas palabras inútiles, y decidieron que tenían que hacer algo pero afortunadamente no hicieron nada, salvo lo único conveniente, poner el bosque bajo la protección del estado prohibiendo cortar leña y es que no dejaba de resultar fascinante la hermosura de aquellos árboles, jóvenes y saludables, ni siquiera el diputado pudo sustraerse a la emoción.

Uno de los miembros de la delegación era un capitán forestal amigo mío, le explique el misterio, un día de la semana siguiente fuimos los dos a buscar a Elzéard Bouffier, lo encontramos en plena tarea a veinte kilómetros del sitio que había recibido la inspección, el capitán forestal no era en vano amigo mío, conocía el valor de las cosas, comprendió la situación y supo estar callado, ofreció unas provisiones que llevaba de regalo y que compartimos los tres, pasando algunas horas en silenciosa contemplación del paisaje. La parte de donde veníamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de altura, recordaba el aspecto que tenía aquella comarca en 1.913, era un desierto, el trabajo regular y tranquilo, el aire puro de los montes, la frugalidad y sobretodo la serenidad de espíritu habían dado a aquel anciano una salud casi ostentosa, era un atleta de Dios, y yo me preguntaba cuantas hectáreas llegaría a cubrir todavía de árboles.

Antes de partir, mi amigo hico simplemente una breve sugerencia sobre ciertas especies que podrían ser adecuadas para aquel terreno, pero no insistió, por la sencilla razón, me dijo después, de que ese buen hombre sabe más que yo. Al cabo de una hora de marcha, esta idea había profundizado en él y añadió, sabe mucho mas que cualquiera, ha encontrado un medio magnífico de ser feliz.

Gracias a este capitán forestal, no solo quedó protegido el bosque sino también la felicidad del buen hombre, hizo que se destinaran tres guardas forestales a dicha protección, y los atemorizó de tal manera, que permanecieron insensibles a todas la copas de vino que pudieran ofrecerles los leñadores. La obra no corrió un peligro grabe hasta la guerra de 1.939, entonces, los automóviles funcionaban con gasógeno, y nunca había madera suficiente, comenzaron a cortar los robles de 1.910, pero estaban en lugares tan lejanos a todos los caminos, que la empresa resultó muy mala desde el punto de vista económico y se abandonó. El pastor no había visto nada, se encontraba a treinta kilómetros de allí, prosiguiendo tranquilamente su tarea y sin enterarse de la guerra del treinta y nueve, como tampoco se había enterado de la del catorce.

La última vez que vi a Elzéard Bouffier fue en junio de 1.945, tenía entonces 87 años. Así pues volví a tomar otra vez el camino del desierto, pero entonces, a pesar de lo estropeada que la guerra había dejado la comarca, existía un autobús que cubría el servicio entre el valle del Duranza y la montaña, atribuí a ese transporte, relativamente rápido, el no reconocer los lugares de mis primeras excursiones, me parecía también que el recorrido me llevaba por sitios nuevos y tuve que ver el rótulo de una aldea, para comprender que me encontraba verdaderamente en aquella zona, antes en ruinas y desolada, el autobús me dejó en Bergons. En 1.913, esa pequeña aldea de diez a doce casas, tenía tres habitantes, eran huraños, se detestaban y vivían de la caza con cepo, poco más o menos en el estado físico y moral de los hombres prehistóricos, las ortigas devoraban las casas abandonadas, su situación era desesperada, no tenían otra cosa sino esperar la muerte, condición que no dispone precisamente a la virtud.

Ahora todo había cambiado, hasta el aire, en vez de las borrascas rudas y secas que antes me acogían, soplaba una brisa suave y llena de perfumes, de los montes llegaba un rumor parecido al del agua, era el del viento en los bosques, por último y más sorprendente aun, oí verdadero ruido de agua en un pilon, vi que habían hecho una fuente, que el agua fluía abundante, y lo que más me impresionó, habían plantado cerca un tilo que podía tener ya cuatro años y era grueso, símbolo innegable de resurrección. Además Bergons, mostraba señales de un trabajo que, para emprenderlo, exige esperanza, o sea que había vuelto la esperanza, escombraron las ruinas, derribaron los lienzos de paredes dañados y reconstruyeron cinco casas, la aldea contaba ya con veintiocho habitantes, con cuatro parejas jóvenes, las casas nuevas, recién enfoscadas, estaban rodeadas de huertos donde mezcladas pero alineadas, crecían flores y hortalizas, coles y rosales, puerros y bocas de dragón, apios y anémonas, era ya un sitio donde daba gusto vivir. Desde allí seguí mi camino a pie, la guerra acababa de terminar y la vida no podía haber florecido por entero, pero Lázaro se había levantado de la tumba, en las bajas faldas de la montaña veía nacer pequeños campos de cebada y centeno, en el fondo de los valles estrechos verdeaban unos prados, solo han tenido que pasar los ocho años que nos separan de esa época para que toda la comarca resplandezca de gozo y salud, donde estaban las ruinas que vi en 1.913, se levantaban ahora casas limpias, bien enfoscadas, que denotaban una vida feliz y cómoda, los manantiales antiguos, alimentados por las lluvias y las nieves que reviven los bosques, han vuelto a fluir, se han canalizado las aguas, junto a cada finca, en bosquecillos de arces, se desbordan los pilones de las fuentes sobre alfombras de hierbabuena, las aldeas se han reconstruido poco a poco, se ha establecido en la comarca una población llegada de los llanos, donde la tierra se vende cara, aportando juventud, animación y espíritu de iniciativa, se ven por el camino personas bien alimentadas, chicos que saben reír y han vuelto a tomar afición a las fiestas campestres, contando a la población antigua, irreconocible desde que lleva una vida agradable y los recién llegados, mas de diez mil personas, deben su dicha a Elzéard Bouffier

Cuando pienso que ha bastado un hombre solo, con sus sencillos recursos físicos y morales, para convertir aquél desierto en un vergel, me parece que a pesar de todo la humanidad es admirable, y cuando reparo en todo lo que ha hecho falta para conseguir este resultado, tanta constancia en la grandeza de alma, tan ardiente generosidad, me invade un inmenso respeto por aquél viejo campesino sin instrucción, que supo llevar a buen término esta obra divina.

Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1.947